Cuando veo grietas en la coraza, cuando finos resplandores me pegan contra la cara, veo que la penumbra no es mi única aliada. Hay momentos en mi vida en que puedo observarme objetivamente y darme cuenta que estoy siendo feliz, sin enredos o contraposiciones. Feliz, con las cinco letras y todas las emociones habidas y por haber.
¿A qué se deben esas grietas?
A que la luz de quienes se encuentran a mi alrededor es dulce e inocente, protectora pero tierna.
Aflojan las cadenas, aun cuando no derivan del todo la coraza.
Porque son cadenas las que no me dejan salir, las que no me permiten ver más allá. Y no me molesta, hay ciertas cosas que hay que hacer con ayuda y otras a golpes. Lo mío es lo segundo. Es la vida que elijo. No es lo que me vino divinamente, sino la que me conforta el espíritu. Necesito caer, chocar y quebrarme para aprender. Para aprender cuales luces valen la pena tener cerca, cuales hay que apreciar antes que partan, y por qué dejar que mi luz también fluya por esas grietas es necesario.
Demasiadas emociones hacen que colapse, por eso me aíslo, me encierro. Experimentar tantas cosas juntas me provocan un ataque de pánico que roza la destrucción. Han intentado enseñarme, pero no con suficiente ahínco. No la persona correcta, trato de ser mi propia maestra, pero aún no tengo ese poder sobre mi.
Si pudiera controlar mi mente, obligarla a doblegarse y que siguiera las frías instrucciones para no pensar demasiado una situación mi vida seria otra, una mucho más sensorial. Mucho menos dolorosa, nostálgica, vacía. Una vida, al fin y al cabo. Sin embargo, sé que no puedo simplemente dar un salto vertiginoso hacia mis metas, que debo ir brinco por brinco, lograr pequeños triunfos para luego ganar la carrera.
-EleanorBellatorni.